Marte y el Sol: La conquista del individuo
El egoísmo no es vivir como uno desea vivir,
es pedir a los demás vivir como uno desea vivir
Oscar Wilde
Astrológicamente
el Sol es el representante del yo, la identidad, la conciencia del sí mismo, la imagen que se construye sobre sí mismo. Podemos pensarlo como un centro energético. Sin Sol no hay vitalidad ni
sensación de ser. Nos basta observar el cielo para comprender la función solar.
El sol es el centro del sistema solar y su energía irradia luz y calor a todos
los planetas. En la tierra, la luz del Sol posibilita la vida. Y en nuestra
humanidad, el Sol se asocia al corazón que bombea la sangre que circula en todo
nuestro cuerpo y que nos mantiene con vida. Su importancia es central. En el
nivel psicológico, sin la función solar la frontera entre una psiquis sana y
una psiquis enferma sería tan delgada que terminaríamos por cruzarla, si
tenemos en cuenta que el yo tiene como función mantener el equilibrio psíquico.
La persona con un Sol muy destacado expresa una fuerte cualidad de líder, se
mueve con mucha confianza en sí misma sostenida en una alta autoestima. Sin
embargo, el sentimiento de identidad que nos aporta el Sol no es sinónimo de
autoconocimiento, sino que es la percepción que tenemos de nosotros mismos.
Desde un
punto de vista más popularmente difundido, cuando nos preguntan de que signo
somos, estamos respondiendo el signo de nuestro Sol, es decir, si somos de Libra,
eso quiere decir que el Sol estaba transitando por ese signo en el momento en
que nacimos.
Al construirnos
una identidad y saber quiénes somos podemos descubrir que queremos, aunque no
todos vayamos a querer lo mismo. Como ejemplo, podemos deducir que el Sol en
Capricornio quiere ser reconocido por su autoridad, mientras que el Sol en
Acuario quiere diferenciarse de los demás o ir en contra de lo corriente y el
Sol en Leo quiere brillar. Justamente Leo es el signo de regencia del Sol y es
por esta razón que se relaciona con este lugar central. Imaginemos un
hermoso escenario con un gran foco de luz sobre nuestras cabezas. Parados allí,
estamos completamente expuestos, visibles. Del otro lado hay un público que espera
una acción, un gesto, una palabra que les permita reconocernos. En este
escenario, actuar el papel del Sol nos reclama un nivel de autenticidad que no
es tan fácil de sostener si estamos muy pendientes de la mirada de los demás.
Nos desafía a ser uno mismo, más allá de nuestro origen y pertenencia y más
allá de lo que los otros nos devuelvan.
Para revelar
nuestra identidad necesitamos diferenciarnos de nuestra familia, dejar atrás el
nido, volar, seguir nuestra propia ruta, conquistar el espacio personal y
encontrarnos con aquello que queremos ser. Es decir, edificar nuestra identidad
supone el movimiento de ir de la indiferenciación hacia una diferenciación
gradual. Así, el Sol nos habilita el encuentro con los otros, desde nuestra
individualidad y nuestro ego. Al referirnos al ego, estamos convocando al yo.
El ego del cual hablamos no tiene que ver con ese exceso de autoestima que nos
hace creernos más importantes que los demás, aunque un Sol muy posicionado
pueda torcer su postura hacia este camino.
Sin el Sol
nuestra voluntad estaría debilitada, haríamos sólo lo que los demás quieren, y
seríamos el reflejo de la imagen que otros tienen de nosotros. A algunos signos
les resulta más fácil contactar con su individualidad y su voluntad, pero
algunos otros, como por ejemplo Libra, Escorpio o Piscis, definen su identidad
en función de sus vínculos, en relación al deseo de un otro, la fusión o la
resonancia empática con todos.
El otro
planeta que pone la atención en sí mismo es Marte. A diferencia del Sol, Marte
determina la forma de actuar en el mundo. Si el Sol es el que sabe quién es y qué
es lo que quiere, Marte será quien se encargue de salir a buscarlo. Es por esta
razón que asociamos a Marte con el inicio de todas las cosas, el impulso que
direcciona nuestras acciones, y el deseo que se constituye como motor de
nuestros actos. Marte se manifiesta como una potente e inagotable fuente de
energía que nos impulsa a actuar. Su importancia es tan puntual, que tendríamos
que pensar que nada puede moverse sin su fuerza. Como analogía, sería como
querer arrancar un auto sin nafta, es decir Marte sería el combustible que nos
pone en movimiento. Sin Marte no haríamos prácticamente nada, no tomaríamos
decisiones, no estableceríamos límites, no habría deseo alguno, y nuestras
defensas serían altamente permeables. Este planeta nos habilita afirmarnos en
nosotros mismos, definir nuestro espacio y defenderlo como propio. Con Marte es
que podemos tomar la iniciativa, contactar con nuestra agresividad, seguir
nuestros instintos, y ser autónomos.
La ira es una emoción absolutamente marciana, pero culturalmente tiene una valoración negativa, por su directa expresión de la violencia, por lo cual tendemos a reprimirla, consciente o inconscientemente, sobre todo si a Marte lo encontramos en algún signo como Libra, Piscis o Cáncer que evitan todos los contextos de choque y enfrentamiento. Su expresión puede ser proyectada en personas que nos agreden, en situaciones que nos golpean, pero también puede volverse hacia el interior bajo la forma de autoagresión. Cuando esto sucede la energía puede resultar avasallante, invasiva, impactando con un efecto negativo, generando rechazo, dificultad para trazar límites y hacernos valer. La energía de Marte suele irrumpir desde nuestra carta natal a nuestra vida a través de nuestro entorno, donde podríamos ubicar a un padre autoritario, una madre intrusiva, un hermano competitivo, un jefe impulsivo, un amigo peleador, una pareja desafiante y se da a conocer en situaciones de discusión, enojo o decisiones sin tiempo para pensar. No hay forma de doblegar a Marte, y menos aún evitarlo. Por supuesto, lo mejor que podemos hacer es hallar un canal conductor que sirva de descarga a todo ese exceso de energía bullente que si no se expresa se reprime. Así, cuando estamos furiosos una forma saludable de gestionar la ira es salir a correr, caminar, bailar, cualquier actividad física cumple la misma función.
Como
contractara de su opuesto femenino Venus, que atrae y seduce, Marte se asocia a
la expresión del deseo sexual que es despertado por Venus, en su nivel más
pulsional. Venus y Marte es el par sexual femenino – masculino. Venus
representa el arquetipo de lo femenino. Marte representa el arquetipo de lo
masculino. Sus símbolos son conocidos universalmente como representación
convencional de la mujer y el hombre y hasta los hemos visto impresos en las
puertas de los baños públicos. En la
dinámica de este par de complementarios Venus genera la atracción de Marte, lo
seduce para despertar su deseo. Cuando en una sinastría (relación entre las cartas de dos personas) encontramos contactos
cruzados entre el Venus de una persona y el Marte de otra es indicador de una
fuerte atracción erótica entre ambas, independientemente de la identidad sexual
de cada uno de ellos.
La
vinculación Venus / Marte es la más accesible para comenzar a comprender la
trama de relaciones que existen en cada carta natal y en contacto con otras
cartas, donde cada planeta no sólo cumple una función, sino que es en vínculo
con el otro. Detenernos a analizar este aspecto es entrar a deshilvanar una
trama infinita de redes y conexiones que nos exceden, pero vale tener presente
que no es más que el reflejo de lo que experimentamos en el plano de la
realidad. En este sentido somos seres complejos enlazados a las complejidades
de otros a través de experiencias o aprendizajes compartidos.
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